Ponemos a su disposición un precioso alojamiento


Belmonte de Miranda | Rutas turísticas | Senderísmo | Areas Recreativas

Turismo en Belmonte de Mirada

Para los amantes de la pesca, el río Narcea, que pasa justo por delante de nuestra casa, os propone unas jornadas inolvidables. Es un río, como ya sabéis, de los más salmoneros del norte…

Parque Nacional de Somiedo

El Parque Nacional de Somiedo y las rutas para caminar que ofrece, como la calzada romana del Camín Real de La Mesa son un atractivo que no os podéis perder.

Para disfrutar de unos días de descanso como si estuviera en casa


Casa de Aldea La Cabañina

Playas

Para los incondicionales de la playa, a escasos veinticinco minutos tienen la costa del Cantábrico; playas como La Arena, El Aguilar, o pueblos de costa como Cudillero, están a un paso de nuestra casa.


Perfectamente equipado

Instalaciones están equipadas con todo lo necesario para hacer de un fin de semana o de unos días de vacaciones una experiencia única


Gastronomía

Gracias a nuestra excelente situación podrá disfrutar de los mejores restaurantes, capaces de seducir a los comensales más exigentes


Entorno privilegiado

En un entorno privilegiado, rodeado de naturaleza y patrimonio. Nos encontramos a 30 minutos de Oviedo, 40 de Avilés y 45 de Gijón

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Cocina   |    Salón   |    Habitación 1   |    Habitación 2



Sobre nuestro alojamiento


Un auténtico paraíso terrenal

Dónde estamos

El concejo de Belmonte de Miranda se localiza a caballo entre la subregión Central y Occidental de Asturias, en su mitad meridional. Su capital dista de Oviedo 56 kilómetros (una hora de viaje a través de la carretera C-634); 57 kilómetros de Avilés, villa con la que enlaza por la cómoda vía del «Corredor del Narcea» y 84 kilómetros de la ciudad de Gijón (una hora de trayecto).


Que hacer

Si lo que os gusta es la montaña, el concejo de Belmonte de Miranda es la opción preferida de muchos deportistas. El Parque Nacional de Somiedo y las rutas para caminar que ofrece, como la calzada romana del Camín Real de La Mesa son un atractivo que no os podéis perder.

Y para los incondicionales de la playa, a escasos veinticinco minutos tienen la costa del Cantábrico; playas como La Arena, El Aguilar, o pueblos de costa como Cudillero, están a un paso de nuestra casa.


Caza y pesca

La caza y la pesca son uno de los atractivos del concejo más interesantes para los aficionados puesto que Belmonte tiene en su fauna especies que, tanto en caza (jabalí, corzo, perdices) como en pesca (salmón en el Narcea y truchas en el Pigüeña), pueden considerarse reinas. Existen además dos cotos de pesca sin muerte: uno ubicado en la villa de Belmonte y otro en Selviella, donde también contamos con una escuela de pesca

Datos prácticos


Información adicional del hotel y de la zona

El concejo de Belmonte de Miranda se localiza a caballo entre la subregión Central y Occidental de Asturias, en su mitad meridional. Su capital dista de Oviedo 56 kilómetros (una hora de viaje a través de la C-634); 57 kilómetros de Avilés con la que enlaza por la cómoda vía del “Corredor del Narcea” y 84 kilómetros de Gijón (una hora de trayecto).

Limita al Norte con el Concejo de Salas, al Sur con el Concejo de Somiedo, al Este con el Concejo de Grado y al Oeste con el Concejo de Tineo.

Su capital es Belmonte de Miranda y otros núcleos del Concejo son: Leiguarda, Selviella, Begega, Bello, Almurfe, Agüera, Aguasmestas, Vigaña, San Bartolomé, San Martín de Lodón.

Las vías de comunicación históricas que atraviesan el actual concejo de Belmonte de Miranda: La Calzada de La Mesa (por el cordal Este), el Camín Francés (por el cordal Oeste) y el Camín Real (siguiendo el valle del río Pigüeña), han funcionado como ejes articuladores de la actividad socioeconómica de este territorio a lo largo de las diversas etapas históricas. Por ello, se convierten en un estupendo elemento guía para la exposición del devenir histórico del concejo.

Los datos históricos más antiguos se remontan a época paleolítica, habiéndose localizado varias piezas talladas en la sierra de Pedroriu. Sin embargo, para el periodo prehistórico, la mayor riqueza con la que cuenta nuestro municipio son las necrópolis tumulares (megalitos) que jalonan dos de las vías de comunicación antes mencionadas: la Calzada de la Mesa y el Camín Francés. Esto pone de manifiesto la antigüedad de estos caminos y resaltan su carácter de elementos organizadores de las actividades socioeconómicas de los pobladores prehistóricos.

Los megalitos son sepulcros funerarios utilizados durante el Neolítico y el Bronce Antiguo y concebidos como elementos arquitectónicos en el paisaje. Destacan del entorno por un montículo artificial que cobija una cámara adintelada construida con lajas de piedra.

A lo largo del discurrir de la Calzada de La Mesa, se localizan varios yacimientos megalíticos en las Sierras de Porzabezas y del Pedrorio creando un paisaje peculiar. Estos enterramientos funerarios funcionan como un lenguaje simbólico que permite delimitar el área de actuación de una comunidad en sus actividades de caza y recolección.

Similar disposición en relación con el Camín Francés tienen las necrópolis de la Sierra La Cabra, Peña Manteca, Sierra de Quintanal, Sierra de Begega y Couríu, situándose en las líneas de cumbres y marcando el discurrir de una vía de paso que, al igual que la Calzada de La Mesa, será utilizada posteriormente hasta el siglo XIX.

De estas poblaciones prehistóricas conocemos sus lugares de enterramiento, pero no de los de habitación. También tenemos noticias de su universo mental a través del “Ídolo de Llamoso”, escultura con formas ginecomorfas, cuyo hallazgo fortuito hace difícil su atribución cronológica.

La Edad del Hierro está representada por la aparición de recintos castreños. Son poblados fortificados, situados en lugares con un amplio control sobre el terreno cercano, sus recursos y sobre las vías de comunicación. De esto da fe la situación del castro de Vigaña o el de Ondes, que poseen un importante dominio visual sobre el paso del Camín Real que discurría por el margen del río Pigüeña. Este es el tipo de poblamiento que se encuentran los romanos cuando se lleva a cabo la conquista del Norte Peninsular en el siglo I d. De C. Atraídos por las posibilidades que ofrecían los yacimientos auríferos de la zona.

El Imperio Romano trae consigo la imposición de una organización superior y la especialización de los diversos territorios buscando la complementariedad. Las zonas geológicamente ricas se destinan a la explotación minera; en las más aptas para la actividad agrícola-ganadera aparecen establecimientos que producen lo suficiente para abastecer las zonas mineras.

Esta complementariedad puede observarse en Belmonte de Miranda: la actividad minera se concentra en la Sierra de Begega, donde antiguos castros como el de Boinás se siguen utilizando como lugares de poblamiento, a la vez que se crean otros establecimientos relacionados con los trabajos específicos de la minería. En el resto del territorio se mantienen los castros y surgen asentamientos de carácter agropecuario y sin estructuras defensivas, las villae; desde ellas se controla la actividad de todo el territorio. Este es el caso del yacimiento situado en las inmediaciones de Cezana.

Durante todo el período romano siguen jugando un papel preponderante las tres vías de comunicación antes mencionadas, tanto para las relaciones con los territorios vecinos, como para el traslado del material aurífero.

Sobre las gentes que ocupaban estas tierras en época romana y trabajaban en las minas auríferas, nos aporta información la lápida funeraria de Villaverde. En ella se menciona a una niña de doce años, llamada Bodocena e hija de Aravo, que vivió en estos parajes en la primera mitad del siglo I.

Lo que resulta poco conocido en Asturias en general y en Miranda en particular es el paso de la época tardorromana a la medieval y cómo se produce la transformación de un mundo de castros y villae en un mundo de aldeas de los siglos X y XI.

La aparición de estas aldeas- que se han mantenido hasta la actualidad- está relacionada con el crecimiento agrario altomedieval, ocupando lugares llanos y, sobre todo, colonizando las vegas de los ríos. Así, surgen un sinfín de pueblos que, como los situados en la ría de Miranda -la vega que crea el Narcea a su paso por Belmonte-, centran su actividad en la producción agrícola, destacando como producto de mayor importancia la escanda para la elaboración del pan.

Desde el siglo VIII al XII, el actual municipio estaba dividido en dos circunscripciones: Miranda -la margen izquierda del río Pigüeña- y Salcedo – la margen derecha -. Cada uno poseía una fortificación desde la que se controlaba el territorio y de las cuales aún hoy podemos apreciar mínimos restos en el Pico Cervera (Dolia) y en la Peña El Castiellu (Carricedo).

Pero será el monasterio de Santa María de Belmonte (antiguamente denominado Lapedo) la institución que regirá los designios de este territorio desde el primer cuarto del siglo XI.

Fundado en el año 1032 en la villa de Lapedo, a lo largo de lis siglos siguientes se fue haciendo con innumerables posesiones en Miranda y en los concejos limítrofes. Aún se conservan en las inmediaciones de Belmonte restos de lo que debió ser la esplendorosa construcción románica de este cenobio.

Al monasterio también pertenecía una herrería, ya desaparecida, y un machucu que aún puede ser visitado en Alvariza. De su existencia tenemos constancia en el siglo XVI, pero su origen es, indudablemente, anterior.

Este monasterio acabo generando un pequeño núcleo de población, Lapedo, cambiándose a lo largo del siglo XIII el antiguo nombre por el de Belmonte, lugar donde radica actualmente la capital.

En este mismo siglo se produce una importante reorganización administrativa que afectará a este territorio. Por orden real se fundan nuevas entidades de población que se convertirán en cabezas administrativas, las polas.

En el lugar de Agüera se funda la puebla de Miranda y Somiedo, que debido a problemas con el cercano monasterio de Belmonte, acabó por trasladarse a Somiedo, dando lugar a lo que hoy conocemos como Pola de Somiedo.

Los siglos bajomedievales (XIV y XV) están protagonizados por unas familias nobles -los Quiñones y los Miranda- a quienes pertenecieron las dos torres señoriales que se conservan, la de Quintana y el lienzo de los Montonovo. Esta nobleza se hace con el poder que hasta el momento había tenido el monasterio de Santa María de Belmonte, dando un gran protagonismo a la actividad ganadera y propiciando la aparición de un grupo social diferenciado, los vaqueiros de alzada.

Su germen es la mano de obra servil que se ocupaba de los rebaños señoriales – los vaqueros – realizando una trashumancia estacional desde los pastos de invierno (situados en Miranda), hasta los pastos de verano (situados en la cabecera del valle, en Somiedo). Este proceso que se inicia en la Baja Edad Media, se prolonga durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Aún hoy pueden apreciarse las peculiaridades morfológicas que presentaba el hábitat de invierno en las brañas de Villaverde, Santa Marina, el Pontigo, Modreiros y Carricedo.

En el siglo XVIII aún se mantienen varias jurisdicciones en este territorio: el coto monástico, que integraba la actual parroquia de San Julián de Belmonte; el antiguo territorio de Salceú, incluido en el vecino municipio de Grao; el concejo de Miranda constituido por Miranda la Alta y Miranda la Baja, separadas por el coto monástico.

No será hasta el siglo XIX cuando el municipio adopte la fisionomía que tiene en la actualidad. Las reformas liberales y la desamortización propiciaron la integración del coto señorial en el concejo y la antigua capital, situada en Leiguarda – Selviella, se traslada a Belmonte. En 1886 los vecinos de las parroquias de Salcedo – Ondes, Llamoso y Montonovo piden su incorporación a Miranda, conformándose definitivamente la actual territorialidad. El nombre de Miranda, de raigambre altomedieval, se cambia en 1956 por el de Belmonte de Miranda.

La evolución del concejo a lo largo de los siglos XIX y XX está ligada a la actividad agropecuaria. En el siglo XX cobra especial importancia el aprovechamiento eléctrico de las aguas del río Pigüeña, conservándose este patrimonio industrial en los pueblos de Puente San Martín, Silviella y Fontoria.

Las vías de comunicación históricas que atraviesan el actual concejo de Belmonte de Miranda: La Calzada de La Mesa (por el cordal Este), el Camín Francés (por el cordal Oeste) y el Camín Real (siguiendo el valle del río Pigüeña), han funcionado como ejes articuladores de la actividad socioeconómica de este territorio a lo largo de las diversas etapas históricas. Por ello, se convierten en un estupendo elemento guía para la exposición del devenir histórico del concejo.

Los datos históricos más antiguos se remontan a época paleolítica, habiéndose localizado varias piezas talladas en la sierra de Pedroriu. Sin embargo, para el periodo prehistórico, la mayor riqueza con la que cuenta nuestro municipio son las necrópolis tumulares (megalitos) que jalonan dos de las vías de comunicación antes mencionadas: la Calzada de la Mesa y el Camín Francés. Esto pone de manifiesto la antigüedad de estos caminos y resaltan su carácter de elementos organizadores de las actividades socioeconómicas de los pobladores prehistóricos.

Los megalitos son sepulcros funerarios utilizados durante el Neolítico y el Bronce Antiguo y concebidos como elementos arquitectónicos en el paisaje. Destacan del entorno por un montículo artificial que cobija una cámara adintelada construida con lajas de piedra.

A lo largo del discurrir de la Calzada de La Mesa, se localizan varios yacimientos megalíticos en las Sierras de Porzabezas y del Pedrorio creando un paisaje peculiar. Estos enterramientos funerarios funcionan como un lenguaje simbólico que permite delimitar el área de actuación de una comunidad en sus actividades de caza y recolección.

Similar disposición en relación con el Camín Francés tienen las necrópolis de la Sierra La Cabra, Peña Manteca, Sierra de Quintanal, Sierra de Begega y Couríu, situándose en las líneas de cumbres y marcando el discurrir de una vía de paso que, al igual que la Calzada de La Mesa, será utilizada posteriormente hasta el siglo XIX.

De estas poblaciones prehistóricas conocemos sus lugares de enterramiento, pero no de los de habitación. También tenemos noticias de su universo mental a través del “Ídolo de Llamoso”, escultura con formas ginecomorfas, cuyo hallazgo fortuito hace difícil su atribución cronológica.

La Edad del Hierro está representada por la aparición de recintos castreños. Son poblados fortificados, situados en lugares con un amplio control sobre el terreno cercano, sus recursos y sobre las vías de comunicación. De esto da fe la situación del castro de Vigaña o el de Ondes, que poseen un importante dominio visual sobre el paso del Camín Real que discurría por el margen del río Pigüeña. Este es el tipo de poblamiento que se encuentran los romanos cuando se lleva a cabo la conquista del Norte Peninsular en el siglo I d. De C. Atraídos por las posibilidades que ofrecían los yacimientos auríferos de la zona.

El Imperio Romano trae consigo la imposición de una organización superior y la especialización de los diversos territorios buscando la complementariedad. Las zonas geológicamente ricas se destinan a la explotación minera; en las más aptas para la actividad agrícola-ganadera aparecen establecimientos que producen lo suficiente para abastecer las zonas mineras.

Esta complementariedad puede observarse en Belmonte de Miranda: la actividad minera se concentra en la Sierra de Begega, donde antiguos castros como el de Boinás se siguen utilizando como lugares de poblamiento, a la vez que se crean otros establecimientos relacionados con los trabajos específicos de la minería. En el resto del territorio se mantienen los castros y surgen asentamientos de carácter agropecuario y sin estructuras defensivas, las villae; desde ellas se controla la actividad de todo el territorio. Este es el caso del yacimiento situado en las inmediaciones de Cezana.

Durante todo el período romano siguen jugando un papel preponderante las tres vías de comunicación antes mencionadas, tanto para las relaciones con los territorios vecinos, como para el traslado del material aurífero.

Sobre las gentes que ocupaban estas tierras en época romana y trabajaban en las minas auríferas, nos aporta información la lápida funeraria de Villaverde. En ella se menciona a una niña de doce años, llamada Bodocena e hija de Aravo, que vivió en estos parajes en la primera mitad del siglo I.

Lo que resulta poco conocido en Asturias en general y en Miranda en particular es el paso de la época tardorromana a la medieval y cómo se produce la transformación de un mundo de castros y villae en un mundo de aldeas de los siglos X y XI.

La aparición de estas aldeas- que se han mantenido hasta la actualidad- está relacionada con el crecimiento agrario altomedieval, ocupando lugares llanos y, sobre todo, colonizando las vegas de los ríos. Así, surgen un sinfín de pueblos que, como los situados en la ría de Miranda -la vega que crea el Narcea a su paso por Belmonte-, centran su actividad en la producción agrícola, destacando como producto de mayor importancia la escanda para la elaboración del pan.

Desde el siglo VIII al XII, el actual municipio estaba dividido en dos circunscripciones: Miranda -la margen izquierda del río Pigüeña- y Salcedo – la margen derecha -. Cada uno poseía una fortificación desde la que se controlaba el territorio y de las cuales aún hoy podemos apreciar mínimos restos en el Pico Cervera (Dolia) y en la Peña El Castiellu (Carricedo).

Pero será el monasterio de Santa María de Belmonte (antiguamente denominado Lapedo) la institución que regirá los designios de este territorio desde el primer cuarto del siglo XI.

Fundado en el año 1032 en la villa de Lapedo, a lo largo de lis siglos siguientes se fue haciendo con innumerables posesiones en Miranda y en los concejos limítrofes. Aún se conservan en las inmediaciones de Belmonte restos de lo que debió ser la esplendorosa construcción románica de este cenobio.

Al monasterio también pertenecía una herrería, ya desaparecida, y un machucu que aún puede ser visitado en Alvariza. De su existencia tenemos constancia en el siglo XVI, pero su origen es, indudablemente, anterior.

Este monasterio acabo generando un pequeño núcleo de población, Lapedo, cambiándose a lo largo del siglo XIII el antiguo nombre por el de Belmonte, lugar donde radica actualmente la capital.

En este mismo siglo se produce una importante reorganización administrativa que afectará a este territorio. Por orden real se fundan nuevas entidades de población que se convertirán en cabezas administrativas, las polas.

En el lugar de Agüera se funda la puebla de Miranda y Somiedo, que debido a problemas con el cercano monasterio de Belmonte, acabó por trasladarse a Somiedo, dando lugar a lo que hoy conocemos como Pola de Somiedo.

Los siglos bajomedievales (XIV y XV) están protagonizados por unas familias nobles -los Quiñones y los Miranda- a quienes pertenecieron las dos torres señoriales que se conservan, la de Quintana y el lienzo de los Montonovo. Esta nobleza se hace con el poder que hasta el momento había tenido el monasterio de Santa María de Belmonte, dando un gran protagonismo a la actividad ganadera y propiciando la aparición de un grupo social diferenciado, los vaqueiros de alzada.

Su germen es la mano de obra servil que se ocupaba de los rebaños señoriales – los vaqueros – realizando una trashumancia estacional desde los pastos de invierno (situados en Miranda), hasta los pastos de verano (situados en la cabecera del valle, en Somiedo). Este proceso que se inicia en la Baja Edad Media, se prolonga durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Aún hoy pueden apreciarse las peculiaridades morfológicas que presentaba el hábitat de invierno en las brañas de Villaverde, Santa Marina, el Pontigo, Modreiros y Carricedo.

En el siglo XVIII aún se mantienen varias jurisdicciones en este territorio: el coto monástico, que integraba la actual parroquia de San Julián de Belmonte; el antiguo territorio de Salceú, incluido en el vecino municipio de Grao; el concejo de Miranda constituido por Miranda la Alta y Miranda la Baja, separadas por el coto monástico.

No será hasta el siglo XIX cuando el municipio adopte la fisionomía que tiene en la actualidad. Las reformas liberales y la desamortización propiciaron la integración del coto señorial en el concejo y la antigua capital, situada en Leiguarda – Selviella, se traslada a Belmonte. En 1886 los vecinos de las parroquias de Salcedo – Ondes, Llamoso y Montonovo piden su incorporación a Miranda, conformándose definitivamente la actual territorialidad. El nombre de Miranda, de raigambre altomedieval, se cambia en 1956 por el de Belmonte de Miranda.

La evolución del concejo a lo largo de los siglos XIX y XX está ligada a la actividad agropecuaria. En el siglo XX cobra especial importancia el aprovechamiento eléctrico de las aguas del río Pigüeña, conservándose este patrimonio industrial en los pueblos de Puente San Martín, Silviella y Fontoria.

Los restos arqueológicos prerrománicos, romanos y medievales son vestigio de un rico pasado.

Posiblemente los restos romanos más populares sean: la Calzada Romana y la Mina de Oro.

La Calzada Romana o Camín Real de la Mesa era una vía de acceso a Asturias desde la Meseta, en tiempos romanos y musulmanes; también a destacar “El Machuco”, antigua fragua con mecanismos de sistema hidráulico de tipo romano, declarado Bien de Interés Cultural.

Ya en la Edad Moderna, destacan entre otros monumentos:

  • La Iglesia de San Martín de Leiguarda, del siglo XV
  • La Torre de San Martín de Ondes, del siglo XI
  • La Casa de Bello, del siglo XVII
  • La Iglesia de San Andrés de Agüera, del siglo XVIII (gótico-barroco)
  • La Casa-Palacio de Cienfuegos en Agüerina, del siglo XVII, declarada Bien de Interés Cultural

Destacan también:

  • Túmulos de la Ruta de la Mesa y el Camín Francés
  • Castros de Pico Vigaña, Ondes, Almurfe y Cuevas
  • Restos de las explotaciones mineras de oro de época romana (Sierra de Begega y Boinás)
  • Casa-Palacio de Begega
  • Fragua de Alvariza (Mazo para trabajar el hierro)
  • Teixos centenarios de Montonovo y Cuevas
  • Fragua de Alvariza (mazo para trabajar el hierro)
  • Casa Palacio de Leiguarda, del siglo XVI
  • Iglesia de San Bartolomé, del siglo XVII
  • Iglesia de San Pedro de Vigaña (restos románicos)
  • Iglesia de Cuevas (retablo barroco)
  • Ruinas de la Capilla del Llano (Oviñana)
  • Casas blasonadas de Pumarada
  • Central Hidroeléctrica de Selviella. Relieves de Vaquero Palacios
  • Torres Bajo medievales de Quintana y Montonovo

El MONASTERIO de los Monjes Bernardos de SANTA Mª DE LAPEDO, fundado en el siglo XII es el embrión de donde arranca la historia reciente del concejo.

Se conservó hasta el siglo XIX y en el XVIII Jovellanos fue investido en él como Caballero de Alcántara. Los restos de tan importante monumento se encuentran dispersos por museos, iglesias y casas señoriales.

En la actualidad su recuerdo no es más que una referencia histórica, la cuál se puede reconstruir con mucha imaginación a partir de las escasas ruinas situadas en el lugar conocido como “El Convento” localizado en la capital municipal en la margen derecha del río Pigüeña.

Desde la época medieval entre los siglos XI y XIII es el poder eclesiástico el que se hace con el control del territorio con la finalidad de explotar las riquezas de los abundantes pastos del concejo siendo este Monasterio el centro neurálgico tanto de la organización como del espacio, como del resto de la vida campesina.

Los 66 núcleos de población del concejo de Belmonte de Miranda se encuentran integrados en 15 parroquias: Agüera, Almurfe, Begega, Belmonte, Castañedo, Cuevas, Las Estacas, Leiguarda, Llamoso, Montonovo, Quintana, San Bartolomé, San Martín de Lodón, San Martín de Ondes y Vigaña, de las cuales la de mayor superficie es Belmonte, con 32, 1 kilómetros cuadrados y la menor Almurfe con 5, 9 kilómetros cuadrados.

La parroquia con la mayor densidad de población es San Martín de Lodón con 32, 61 habitantes/kilómetro cuadrado, seguido por Belmonte y la menos poblada es Cuevas, con tan sólo 3, 10 habitantes/kilómetro cuadrado. Además de estos núcleos de población aparecen diseminados a lo largo y ancho del concejo numerosas “caserías” compuestas por un máximo de tres viviendas familiares.

La evolución de la población, al igual que en el resto de los concejos de montaña asturiana, es negativa, habiendo pasado de los 7121 habitantes de principios de siglo a los 2456 del último censo de población.

La emigración de los más jóvenes ha sido una constante histórica; primero hacia América, con principal preferencia hacia Cuba y Argentina y posteriormente hacia Europa, particularmente hacia Bélgica y Alemania, sin olvidar los destinos nacionales como Madrid o Barcelona. A partir de los años 50, es el centro industrializado de la región, el principal receptor de mano de obra. La crisis económica de las últimas décadas ha propiciado una cierta fijación de población, sobre todo en la capital municipal, la cual se mantiene en torno a los 800 habitantes.

Desde siempre, la ganadería y la agricultura de subsistencia han sido los principales motores económicos del concejo, si bien en la actualidad, hay que añadir el novedoso crecimiento del sector industrial, acaecido al amparo de las explotaciones auríferas. También es de destacar dentro de este sector la existencia de dos centrales eléctricas, la de Las Lleras y la que, inaugurada en 1906, hoy se encuentra en desuso en Selviella.

Los empleos dedicados a servicios se sitúan en torno al 32%, donde sobresale la actividad comercial, con un creciente número de locales destinados a hostelería.

La geografía del concejo se encuentra determinada por el valle del río Pigüeña el cual configura un relieve “valle alto intramontano” dibujando en su recorrido bellísimos paisajes.

El Pigüeña desciende desde las tierras somedanas para atravesar en dirección S-N el territorio del concejo antes de desembocar en el río Narcea en las proximidades del núcleo de Oviñana.

Es un paisaje espectacular en que la cota más elevada del concejo es el Pico L’Urru con 1527 metros localizado en la Sierra de la Mantecamientras que la cota más baja de 80 metros se sitúa en el río Narcea.

Silviella – Lleiguarda – Beyu – Silviella

Dificultad Baja. Distancia 5, 5 km. Duración 1h. 30 min. aprox.

El recorrido, en forma de circuito, une los pueblos de Silviella, Lleiguarda y Beyu para terminar de nuevo en Silviella. Estas localidades conocieron su mayor apogeo en la Edad Moderna, prolongándose hasta la tercera década del siglo XIX, épocas en las que Silviella ostentó la capitalidad del concejo de Miranda y Lleiguarda actuó como centro parroquial de dicha capitalidad.

El entorno de este circuito está salpicado de numerosos desmontes romanos derivados de la extracción de mineral aurífero. Además hay catalogados dos asentamientos castreños, El Castro y La Corona, cuyo origen posiblemente haya que vincularlo a estas explotaciones mineras.

La Viña

El topónimo hace referencia a las plantaciones de viñedos que existían en esta zona durante la Edad Media y que tributaban a la Iglesia Catedralicia de San Salvador de Oviedo.

Beyu:

Beyu (270 m.), pertenece a la parroquia de Samartín de Lleiguarda. Es posible que el topónimo haga referencia a la palabra céltica latinizada BEDUS, con significado de zanja o arroyo. En el Diccionario Geográfico de Madoz (1845-1850) se sitúa esta localidad a la falda del monte La Brueba, donde se hallan unas excavaciones o cauce que conducía el agua desde cerca de dos leguas; este acueducto, las ruedas de molino rotas y otros fragmentos, dan a conocer existió alguna fábrica en tiempo inmemorial; abunda en fuentes de excelente agua.

Entre Silviella y Beyu se encuentra el castro de La Corona.

El pueblo conserva dos casonas importantes, la de Riballo y el palacio de Los Beyu, del siglo XVII. Éste construido posiblemente a expensas de Alonso de Beyu (Uría Macua), procedente de una familia de escribanos, emigra a Perú donde adquiere una gran fortuna. De regreso se casa con María, heredera de la Casa de Lleiguarda y amplía considerablemente su patrimonio, que, un siglo más tarde, se unirá con los Cienfuegos de Agüerina.

Lleiguarda (400 m.):

La parroquia de Lleiguarda comprende los pueblos de Antoñana, Beyu, Lleiguarda, Menes, Mudreiros, Pandu y Silviella, y los caseríos de La Forniella, El Campón y La Viña.

En toda la parroquia se conservan abundantes restos de explotaciones mineras de los siglos I y II d.C. y en las inmediaciones del pueblo se localiza El Castro, antiguo asentamiento posiblemente vinculado a las labores de minería aurífera romana.

En el año 922 aparece citado como Legorda en una donación de Bermudo II y su mujer Elvira a la iglesia de San Salvador de Oviedo.

Según el censo de Ensenada de 1752 el diezmo que pagaba anualmente la parroquia de Lleiguarda se distribuía una cuarta parte para el cura de la parroquia y el resto para la Iglesia Catedral de Oviedo.

La iglesia data de finales del siglo XV, pero se rehizo casi por completo en el XVIII. De la fábrica original conserva la portada principal y la del lado izquierdo, de medio punto, con grandes dovelas y alfiz.

La casa más noble del pueblo es el palacio de la condesa de Mora, construido en el siglo XVI. Cuenta la leyenda que una mora llamada Juana se enamoró de un cristiano y para que se le permitiese esa relación tuvo ella que ?guardar la ley? y renunciar a la religión musulmana.

Hasta 1839 la capital de Miranda se ubica en la localidad de Silviella, actuando Lleiguarda como capital eclesiástica del concejo.

Aviñana – L’Altu la Brueba.

Dificultad: baja; Distancia: 7, 4 Km; Duración: 2 H 30 Min.

La ruta, aunque se puede hacer en descenso desde L?Altu la Brueba hasta Auviñana, aconsejamos iniciarla en esta última localidad, para ascender hasta El Cauríu y La Brueba, y retroceder luego por Lleiguarda y Beyu hasta la carretera As-227, a la altura del Parador de Silviella.

En Auviñana iniciamos la ruta en el cruce de Las Mestas (90 m. altitud), cerca del Restaurante del mismo nombre. Una señal direccional que nos marca la ruta hacia Los Llanos, barrio donde se pueden ver las ruinas de la Iglesia de Santa María de Las Nieves, de los siglos XIV/XV, que mantiene algunos elementos de tradición románica. El pueblo cuenta en la actualidad con varios establecimientos de Turismo Rural.

Continuamos por una pista de buen firme que se adentra en un castañal, hasta salir del mismo y encontrarnos una excelente vista sobre la Ría Miranda, vega creada por el río Narcea a su paso por Belmonte. En ella se cultivaron productos de huerta y cereales (escanda, trigo, mijo, panizo), a partir del S. XVI maíz y fabas, y en el XIX patatas y tabaco.

Rodeando el monte Silviella, abandonamos la cuenca del Narcea y entramos en la del Pigüeña. Coronamos Lleiguarda, a donde se dirige una pista que dejamos a mano izquierda. El pueblo conserva la Iglesia del siglo XV, con reformas en los s.s. XVII y XVIII. Del S. XIX es el palacio de la Condesa de Mora, que, según la leyenda, perteneció a una mora que se enamoró de un cristiano; la relación fue permitida con la condición de que renunciara a la religión musulmana y ?guardara la ley?, de ahí el nombre del pueblo. Fue capital de Miranda desde la Edad Media hasta los años treinta del siglo XIX.

Otro pueblo sobre el que pasamos, al sur del anterior, es Beyu, solar originario de los Alonso de Beyu, que conserva dos interesantes palacios de este linaje.

Un poco más arriba nos encontramos una pista a la izquierda que no debemos tomar; sí la siguiente, un poco más alta, que nos conduce a una campera en la falda sur del Cauríu. Aquí se aprecia uno de estos embalses utilizados en las labores mineras para la extracción aurífera en época romana.

Una pista ancha, con firme de zahorra, sube hasta la cima, donde unas antenas de telefonía rompen la bella panorámica que ofrece El Cauríu sobre una buena parte del territorio asturiano.

Continuamos dirección sur hasta L?Altu la Brueba (800 m.), donde se observa un importante desmonte de minería romana, atravesado por la carretera. El sistema de explotación (ruinae montium) empleado por los romanos para extraer el oro se basaba en el uso de la fuerza del agua, conducida por canales (corrugi) hasta depósitos (piscinae o stagna) próximos a la explotación, y el calentamiento de la roca en las partes bajas mediante galerías; con ello se lograba abatir y arrastrar parte de la montaña hasta los canales de lavado (agogae), donde se decantaba el oro.

Aún son perceptibles estas huellas en el paisaje.

Para el retorno tenemos varias posibilidades; proponemos volver otra vez por la falda del Cauríu, atravesando el antiguo embalse romano, seguir la pista a la derecha y a unos 800 m. coger una que sale hacia el Este y nos conduce hasta Lleiguarda; tras visitar el pueblo podemos bajar, bien por la carretera hasta Las Lleras, o mejor por el camino antiguo hasta Beyu, atravesar el pueblo solariego y desde aquí por carretera hasta Silviella.

Se denomina Ruta Vaqueira, no por ser la ruta más utilizada por los vaqueiros en sus desplazamientos hacia Somiedo, sino por atravesar una parte del territorio vaqueiro de Belmonte de Miranda.

Del Cul.láu del Muru (745m.), pequeño collado que comunica el valle del Pigüeña con el valle que forma el río La Uxa, parte la Ruta Vaqueira. Un panel nos indica el inicio. Para llegar aquí se coge en Alvariza, a 2, 5 km. de Belmonte, la As-310, que comunica con Boinás y continúa hacia Tuña (Tinéu). Lo ideal es acceder a ella en autocar, que recoja a los senderístas al final de la ruta en Belmonte. Si se hace con vehículo particular o bien se deja un coche previamente en la capital del concejo, o bien se coge un taxi para subir al Cul.láu a recoger el vehículo con el que se inició la ruta.

Del Cul.láu del Muru ascendemos hacia el Picu La Corona, dejando a la derecha La Fana, restos de minería aurífera de época romana, explicados en un panel informativo. Bajamos a la braña La Seita, siguiendo el antiguo Camín Francés. A continuación la braña El Putril, donde se une el camino que viene de Las Estacas con el que sube de Carricéu, ambos pueblos vaqueiros de invierno. Continuamos por la izquierda hasta Brañaestremera; aquí cogemos otra vez a la izquierda la senda que asciende entre los picos Mumián al Este y Montoutu al Oeste que nos llevará, girando otra vez a la izquierda, hasta la braña de Corros y La Bovia. Bajamos por Navariegos, donde nos detendremos a contemplar la panorámica que ofrece el Monte Tabladón, (señalada mediante gráficos en un panel), coronado por numerosos túmulos neolíticos, horadado por abundantes minas romanas, y vigilado por la fortificación altomedieval de Miranda en el Picu El Castiel.lu. Más próximo, en el ato La Pruída hay restos de parapetos y trincheras de la Guerra Civil española.

Volvemos a coger la senda que nos llevará a Cezana, pero antes de llegar al pueblo nos detendremos ante el panel que ilustra la vertiente oriental del Pigüeña, por donde pasa El Camín Real o Calzada romana de La Mesa, jalonado por túmulos neolíticos, con castros en La Caimada y Ondes, torres bajomedievales en Montouvu y Samartín d ́Ondes, y dominando el entorno El Picu Cervera (890 m.) donde se ubicó la fortificación altomedieval del territorio Salcéu, en relación visual con el castillo coetáneo del territorio Miranda en La Pena El Castiel.lu.

Continuando hacia Cezana (640m.), nos encontramos con varias bifurcaciones debidamente señalizadas con marcas de pintura amarilla y blanca. El pueblo mantiene una arquitectura tradicional interesante, con un conjunto de paneras, hórreos y molinos de gran valor etnográfico. En sus tierras se cultivó escanda hasta hace pocos años.

Por debajo de la capilla de S. Bartuelu y Sta. Fátima sale el camino antiguo que baja a Belmonte; pasamos una fuente y lavadero, bajamos por el camino del centro, y al llegar a unas cabañas cogemos el camino de la izquierda, que se interna en un bosque de castaños y robles, hasta entrar en la capital del concejo (a 200 m. de altitud), por el barrio Las Corradas.

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Temporada Baja
70 €
  • Del 16 de Septiembre al 14 de Junio. Puentes no incluidos.
Temporada Alta
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  • Del 15 de Junio al 15 de Septiembre y puentes.

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Ubicación exacta de la Casa de aldea La Cabañina de la Vega del Narcea


Distancias


Tiempo y distancias desde algunas poblaciones hasta la Casa de aldea La Cabañina de la Vega del Narcea

478 km
Tiempo 04:29:00h Desde Madrid
929 km
Tiempo 08:21:00h Desde Barcelona
836 km
Tiempo 07:43:00h Desde Valencia
808 km
Tiempo 07:24:00h Desde Sevilla
321 km
Tiempo 03:18:00h Desde Bilbao
264 km
Tiempo 02:38:00h Desde A Coruña

37 km
Tiempo 00:29:00h Desde Oviedo
69 km
Tiempo 00:48:00h Desde Gijón
42 km
Tiempo 00:39:00h Desde Avilés
85 km
Tiempo 00:59:00h Desde Navia
34 km
Tiempo 00:32:00h Desde Cudillero
69 km
Tiempo 00:51:00h Desde Luarca